Portada - Mujer sentada en la ciudad peruana de Puno, a orillas del Lago Titicaca. (Fotografía: La Gran Época / Aizar Raldes / AFP / Getty Images)

Leyendas latinoamericanas: identidades e historias (Parte II)

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Los mitos y las leyendas de las culturas latinoamericanas son una parte muy importante de sus diversas identidades. Son aquellos relatos orales que se transmitieron de generación en generación y que, hasta hoy en día, se mantienen vigentes en muchas comunidades. Algunas de las leyendas latinoamericanas son fundamentales para comprender la identidad de sus pueblos. A continuación continuamos trayendo hasta estas líneas algunas de las más populares y esenciales de su historia.

Leer 1ª Parte de ‘Leyendas latinoamericanas: identidades e historias’

Bolivia: La leyenda del Lago Titicaca

Cuentan que hace mucho tiempo, el lago Titicaca era un valle fértil, poblado de hombres que vivían felices y tranquilos. Nada les faltaba; la tierra era fecunda y les procuraba todo lo que necesitaban. En ella no se conocían ni la muerte, ni el odio, ni la ambición porque los Apus, los dioses de las montañas, protegían a sus habitantes a cambio de que nadie subiese a las cimas en las que ardía el Fuego Sagrado.

Durante largo tiempo, los hombres acataron esta orden de los dioses. Pero el diablo, condenado a vivir en la oscuridad, no toleraba la felicidad, ni el respeto de quien acata las normas, y les pidió que pusieran a prueba su coraje yendo a buscar el Fuego Sagrado a la cima de las montañas.

Los afluentes del Titicaca nacen en las cumbres nevadas de los Andes que rodean su cuenca. En la foto, la laguna de Suches, de la que nace el río Suches en la frontera entre Perú y Bolivia. (Rojk/Public Domain)

Los afluentes del Titicaca nacen en las cumbres nevadas de los Andes que rodean su cuenca. En la foto, la laguna de Suches, de la que nace el río Suches en la frontera entre Perú y Bolivia. (Rojk/Public Domain)

Entonces los hombres comenzaron a escalar la cima de las montañas, pero a medio camino fueron sorprendidos por los Apus, quienes comprendieron que los hombres habían desobedecido y decidieron exterminarlos: miles de pumas salieron de las cavernas y devoraron a los mortales mientras estos pedían auxilio al diablo, pero éste permaneció insensible a sus súplicas.

Viendo la situación, Inti, el dios del Sol, se puso a llorar. Sus lágrimas fueron tan abundantes que durante cuarenta días inundaron el valle. Sólo un hombre y una mujer lograron salvarse ocupando una barca de juncos.

Cuando el sol brilló de nuevo, el hombre y la mujer no creían lo que veían sus ojos: bajo un cielo azul y puro, se hallaban en medio de un lago inmenso sobre cuyas aguas flotaban los pumas, ahogados y transformados en estatuas de piedra. En aquel instante decidieron llamar al lago Titicaca, que significa lago de los pumas de piedra.

Embarcaciones de totora nativa en Puno, Lago Titicaca. (aviachar/CC BY-SA 2.0)

Embarcaciones de totora nativa en Puno, Lago Titicaca. (aviachar/CC BY-SA 2.0)

La Cruz de Santa Catarina, México

Vivía en México un anciano llamado Juan Rodríguez de Berlanga. Todos sus deudos habían ido desapareciendo poco a poco hasta quedar completamente solo. Sin embargo, su rostro nunca dejó de sonreír.

Su casa estaba medio derruida, y el jardín que la circundaba se encontraba un tanto desaliñado y agreste, denotando una falta absoluta de cuidados. A pesar de contar con tan pocos recursos, el anciano sentía un deseo irresistible de levantar una cruz en el atrio de la Iglesia de Santa Catarina. Obsesionado con esta idea, recordaba las muchas cruces que se levantaban en México en las iglesias, plazas y edificios, y se decía para sí:

En mi iglesia de Santa Catarina, donde recibieron el bautismo y descansan en paz los restos de mis padres y mi esposa, no hay ninguna cruz. Pero, soy tan pobre, que no tengo con qué levantar esa cruz. Ni siquiera es mío este huerto, ni esta casa, pues, a cuenta de ellos, tuve que pedir dinero prestado para curar primero a mi mujer y más tarde para enterrarla. Tan sólo me quedan dos perales, tan viejos como yo. ¿Qué puedo hacer?

El anciano mexicano Juan Rodríguez de Berlanga sólo disponía de dos perales en su abandonado jardín. (Michel Pourchet/CC BY-SA 2.0)

El anciano mexicano Juan Rodríguez de Berlanga sólo disponía de dos perales en su abandonado jardín. (Michel Pourchet/CC BY-SA 2.0)

Pero, de pronto, exclamó:

¡Ya tengo una idea! ¡Bendito sea Dios! Con esos mismos perales haré la cruz que, tanto he deseado.

En efecto, tuvo hasta para pagar al carpintero con el fruto de los árboles, y ya por fin se erigió magnífica y airosa la cruz de madera en el atrio de Santa Catarina mártir.

Pero su amor incesante hacia la Santa Cruz le hizo pensar en otra de hierro que rematara la torre de la iglesia, y a pesar de su extrema necesidad y pobreza, vendió lo poquísimo que le quedaba y llevó a cabo su propósito. ¡Le invadía la felicidad al contemplar aquellas dos cruces! Sin embargo, sus ojos cansados no acertaban a distinguir, desde el suelo, las filigranas de la cruz de hierro de la torre.

Una tarde soleada quiso contemplarla más de cerca y se encaramó sobre una bóveda de medio cañón. Los riesgos de aquella plataforma no le permitían ninguna distracción, pero don Juan no se cansaba de admirarla. Entonces, con los ojos arrasados por lágrimas de felicidad, cruzó sus brazos sobre el pecho, inclinó la cabeza y balbuceó una oración aprendida cuando era pequeño, de boca de su madre.

Cruz realizada por nativos americanos de Nuevo México a partir de un cactus Cholla. (Svobodat/CC BY-SA 3.0)

Cruz realizada por nativos americanos de Nuevo México a partir de un cactus Cholla. (Svobodat/CC BY-SA 3.0)

Tras el recuerdo de su madre, sintió vivos deseos de unirse con ella cuanto antes, y la invocaba repetidas veces diciendo:“Menos mal que ya mis años me van acercando a ti.”

Alzó otra vez los ojos para contemplar de nuevo la cruz, pero estaba tan ensimismado que dio un fatal resbalón, y aunque intentó sujetarse, el anciano cayó con un grito de espanto, dando vueltas en el vacío. Pero no llegó al suelo, pues antes de que esto sucediese, la cruz del atrio había extendido amorosamente hacia adelante sus brazos y lo había recogido, agonizante, con el amor de una madre.

Al día siguiente todo México desfiló para contemplar a Don Juan, como adormecido en un dulce sueño, en los brazos de la Cruz del atrio de Santa Catarina.

Imagen de portada: Mujer sentada en la ciudad peruana de Puno, a orillas del Lago Titicaca. (Fotografía: La Gran Época / Aizar Raldes / AFP / Getty Images)

Autor: Eugenia Plano – Vida Positiva

Este artículo fue publicado con anterioridad en La Gran Época y ha sido publicado de nuevo en www.ancient-origins.es con permiso.

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