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Las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo

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Los seres humanos siempre han sentido fascinación por la muerte. En algunas culturas, los muertos continúan interactuando con los vivos y, de este modo, se crean cultos ancestrales para conmemorar a los antepasados muertos. Otros creen que los vivos pueden comunicarse con los muertos a través de los médiums. A pesar de que estas formas de interacción se ocupan de los muertos en sus formas etéreas, los vivos interactúan también con los restos físicos de los muertos. Uno de los modos más comunes de esta interacción es la preservación de los cadáveres. Aunque las más famosas momias pertenecen a la antigua civilización egipcia, no son ciertamente las únicas producidas por la humanidad. Las momias se han elaborado en diferentes períodos de tiempo y por muy diversas culturas. Un claro ejemplo vendrían a ser las momias de las catacumbas capuchinas de Palermo ( Le Catacombe dei Cappuccini ).

Las catacumbas capuchinas de Palermo se ubican en Sicilia, Italia. En el siglo XVI, los frailes capuchinos de Palermo descubrieron que sus catacumbas contenian un conservante natural que ayudaba a momificar a sus muertos. Uno de sus hermanos, el Hermano Silvestro, fue el primero en ser momificado. Al parecer, era un monje particularmente santo y la conservación de su cuerpo sirvió para atraer peregrinos a Palermo. Pero, además de atraer a los peregrinos, también atrajo la atención de los lugareños que querían ser preservados de la misma manera. Desde entonces más de 8.000 sicilianos, de diferentes condiciones sociales, han sido momificados en las catacumbas.

Una de las más recientes -y tal vez más famosa momia- es la de una niña de dos años, Rosalía Lombardo. Rosalía fue depositada en las catacumbas cuando murió en 1920. Su cuerpo se halla tan bien conservado que parece como si estuviera solamente durmiendo en su ataúd de cristal, de ahí su apodo de "La bella durmiente". El secreto de su excelente estado de conservación fue revelado hace unos pocos años cuando fueron descubiertas unas memorias escritas a mano del embalsamador, Alfredo Salafia. Estas memorias aportaban información sobre los productos químicos que inyectó en la sangre de Rosalia: formalina, sales de zinc, alcohol, ácido salicílico y glicerina. Se cree que las sales de zinc son las que permitieron el increíble estado de conservación de la pequeña.

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Rosalía Lombardo, la “Bella Durmiente" de las Catacumbas de los Capuchinos de Palermo. Fuente de la foto: National Geographic News .

Al parecer, los monjes fueron capaces de mantener las catacumbas a través de las donaciones de los familiares de los fallecidos. Cada nuevo cuerpo era colocado primero en un nicho temporal y más tarde trasladado a un lugar permanente. Mientras el dinero entraba en los bolsillos de los monjes, el cuerpo se quedaba en su lugar. Cuando los familiares dejaban de enviar dinero, sin embargo, el cuerpo era colocado a un lado, en un estante, hasta que el pago se reanudaba. Por lo que parece, las catacumbas fueron para los monjes una muy buena manera de ganarse la vida.

Lo más irónico sobre las catacumbas es que la noción cristiana de la vida como una fase transitoria y el concepto de la igualdad ante Dios haya sido arrojado por la ventana. Al parecer, muchas de las personas enterradas en las catacumbas escribieron voluntades que especificaban el tipo de ropa con el que querían ser enterrados y algunos, incluso, pidieron ser cambiados de ropa durante un tiempo. Hasta incluso después de su propia muerte, estas personas parecían ser incapaces de dejar ir su efímera existencia mortal. Además, la estratificación social es claramente visible en las catacumbas, de hecho hay diferentes secciones para los sacerdotes, los monjes, los hombres, las mujeres, las vírgenes, los niños y los profesionales. Los muertos parecen continuar aferrándose a la condición social que tuvieron en vida. Por tanto, pareciera que las catacumbas reflejasen la vanidad de los que están enterrados allí así como su rechazo a abandonar la vida mortal.

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El Coronel francés Enea Di Giuliano aún lleva su uniforme borbónico francés. Fuente de la foto.

Tal vez esto deba alentarnos a reflexionar sobre nuestras propias vidas. Observando los muertos de aquellas catacumbas, nos deberíamos dar cuenta de que la vida es breve y que la riqueza material no sirve de nada después de la muerte. Al hacerlo, llegaríamos a una comprensión de las cosas realmente importantes de la vida y a evaluar cada instante como realmente necesitamos y merece.

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