Portada - jugadores actuales de Pok-ta-pok en acción (CC by SA 2.5)

Renace en México el antiguo y milenario juego de pelota cuyos perdedores eran sacrificados en el pasado

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A fin de conmemorar y honrar a sus antepasados mexicas, equipos de México y Belice compitieron entre sí en un juego de hace 3.000 años conocido como Ulama. El partido tuvo lugar en la antigua ciudad maya de Teotihuacán un sábado, atrayendo a gran multitud de aficionados que animaron a los jugadores y celebraron sus antiguas raíces mesoamericanas.

La “resurrección” del deporte más antiguo de la historia

En México, los organizadores del evento llevaban más de una década intentando revivir este antiguo juego de pelota mesoamericano por su importancia cultural y religiosa para los pueblos centroamericanos. Como informa BBC News , el Ulama está considerado el deporte más antiguo conocido del mundo, ya que se jugaba entre las antiguas culturas mesoamericanas de Centroamérica casi mil años antes de que se celebraran los primeros Juegos Olímpicos en la antigua Grecia. El Ulama se jugó durante casi 2.500 años antes de ser prohibido por los conquistadores españoles.

Ulama: un deporte mortal de la América precolombina

Como escribía Bryan Hill en otro artículo de Ancient Origins , este evento atlético no era un simple juego para los antiguos pueblos de la América precolombina, sino un parte esencial de la cultura mesoamericana: un deporte que practicaban las civilizaciones olmeca, maya y azteca. Según antiguos textos, el Ulama era considerado una batalla que libraba el sol contra la luna y las estrellas, representando los principios de luz y oscuridad (y posiblemente también la batalla entre el bien y el mal). Además, los movimientos de la pelota simbolizaban la rotación del sol para los pueblos azteca, olmeca y maya.

Disco hallado en Chinkultic (Chiapas) con el relieve de un jugador de pelota. (CC By 2.0)

Disco hallado en Chinkultic (Chiapas) con el relieve de un jugador de pelota. ( CC By 2.0 )

Para los mayas el juego era conocido como Pok a Tok, los aztecas lo llamaban Tlachtli, y en nuestros días la mayoría de la gente se refiere a él como Ulama. Se cree que se extendió por el sur hasta alcanzar Paraguay, y por el norte hasta lo que hoy es Arizona. La cancha de pelota mesoamericana más antigua conocida es la de Paso de la Amada, en México, datada mediante radiocarbono en una antigüedad en torno a los 3.600 años. Hasta la fecha se han descubierto casi 1.300 canchas de pelota mesoamericanas, y se calcula que todas las ciudades mesoamericanas de la antigüedad tenían al menos una. Las canchas olmecas eran del tamaño de un campo de fútbol  moderno, y vistas desde el cielo parecían una “I” mayúscula con dos zonas de anotación perpendiculares en los extremos. Las canchas estaban delimitadas por bloques de piedra, y se jugaba en un recinto rectangular con muros inclinados. Estos muros a menudo estaban revestidos y pintados de vivos colores. Serpientes, jaguares y águilas de piedra labrada aparecían representados junto con imágenes de sacrificios humanos, en un hecho que sugiere una conexión con la divinidad.

Cancha de juego de pelota de Chichen Itzá (CC by SA 3.0)

Cancha de juego de pelota de Chichen Itzá ( CC by SA 3.0 )

Se desconoce el reglamento exacto del juego, ya que las pruebas disponibles se han obtenido de interpretaciones realizadas a partir de esculturas, pinturas, las propias canchas de pelota y glifos. Por los hallazgos arqueológicos disponibles, sin embargo, los historiadores estiman que la gran pelota de caucho podía pesar entre tres y ocho libras, mientras que su diámetro variaba de los 25 a los 37 centímetros (10 a 12 pulgadas). Aproximadamente el tamaño de un balón de baloncesto, con la salvedad de que la pelota del Ulama era más sólida por dentro (por lo que pesaba mucho más), provocando a menudo la muerte de los jugadores al golpearlos en algún punto vital. Por esta razón y para impedir lesiones graves o incluso la muerte, los jugadores acabaron finalmente por jugar equipados con protecciones.

La parte más interesante de esta historia, sin embargo, es el hecho de que el juego tenía un propósito religioso: los miembros del equipo perdedor eran decapitados y ofrecidos en sacrificio. Y esto no es una simple especulación. Diversas ilustraciones incluidas en libros precolombinos como el Codex Borgia , y en los frisos labrados en piedra que decoran los muros de las canchas de pelota en las ciudades de Chichén Itzá y El Tajín, reflejan claramente la decapitación del capitán del equipo perdedor por parte del capitán del equipo contrario o por un sacerdote.

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