Portada - “La progenie de Loki” (1905), ilustración de Emil Doepler. (Public Domain)

Viaje sin retorno a Helheim: la diosa Hel y el infierno de la mitología vikinga

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Con diferencia, los hijos más conocidos de Loki son los que tuvo con la giganta Angurboda: el lobo Fenris, la serpiente de Midgard Jörmungadr y la diosa Hel. Según la leyenda, nacieron en una oscura cueva de Jötunheim, y los dioses los reconocieron como símbolos del dolor, el pecado y la muerte. Los Aesir temían hasta tal punto el poder de los tres hijos de Loki que encadenaron a Fenris, arrojaron a Jörmungadr al gran océano y desterraron a Hel al inframundo. Una vez allí, Hel reinó en sus dominios y el propio Odín le concedió poder sobre los nueve mundos.

"Los hijos de Loki" (1920) ilustración de Willy Pogany. (Public Domain)

"Los hijos de Loki" (1920) ilustración de Willy Pogany. ( Public Domain )

La diosa de los infiernos

Se cuenta que la diosa Hel también tenía poder sobre los muertos, excepto sobre aquellos escogidos caídos en batalla que eran recompensados por Odín con el Valhalla. Similar hasta cierto punto a Svartalfheim, el reino de Hel también disponía de moradas subterráneas, y se podía llegar a él tras recorrer un frío y duro camino atravesando las oscuras regiones del lejano norte.

Según la leyenda, incluso Hemrod tuvo que cabalgar sobre Sleipnir durante nueve largas noches para alcanzar la entrada del reino, situada más allá del río Gjoll. Nacido del manantial Hvergelmir de Niflheim, el río Gjoll remontaba el abismo Ginnungagap para fluir a continuación por los nueve mundos.

En Helheim, el río Gjoll corre cercano a las puertas del inframundo, actuando como límite. Gjoll es también el nombre de la roca a la cual Fenris es encadenado. En cuanto al propio río, cuenta la leyenda que era frío como el hielo y que su corriente era atravesada por puñales.

La única forma de cruzar este río era por Gjallarbru, un puente de cristal con las bóvedas cubiertas de oro y que se sostenía pendiendo de un solo cabello. El eterno guardián del puente era la esquelética doncella Modgud. Para poder atravesarlo, los espíritus deben pagar a Modgud un peaje en sangre. En su obra “Valhalla”, J. C. Jones describe así este puente:

El puente de cristal pende de un solo cabello
arrojado sobre el río terrible,
el Gioll, límite de Hel.
Aquí donde se yergue la doncella Modgud,
esperando su pago en sangre,
una doncella terrible a la vista,
sin carne, sudario y mortaja son su adorno.

A fin de poder cruzar el puente, los espíritus hacían uso de los carros y caballos que habían sido incinerados en la pira funeraria junto con sus propios cadáveres. Además, los difuntos llevaban siempre puestos los ‘zapatos de Hel’, un resistente calzado diseñado especialmente para proteger los pies de los muertos en su viaje a lo largo del duro camino que conducía hasta Helheim.

"Hemrod ante Hel" (1909), ilustración de John Charles Dollman. (Public Domain)

"Hemrod ante Hel" (1909), ilustración de John Charles Dollman. ( Public Domain )

Tras cruzar el Puente Gjallar, los espíritus llegaban al Bosque de Hierro, en el que las hojas de los árboles eran de este metal. Desde allí, debían continuar su camino hasta alcanzar las puertas de Helheim, custodiadas por un feroz perro guardián llamado Garm. Garm vivía en la oscura cueva Gnipa, y la única forma de amansarlo era ofreciéndole un pastel de Hel. Según la leyenda, estos pasteles siempre estaban a disposición de aquellos que habían dado pan a los necesitados en vida.

Helheim, el reino de Hel

Después de atravesar las puertas de Helheim envueltos en el frío y la oscuridad, los muertos podían escuchar ciertos sonidos: el rumor del manantial Hvergelmir y de los ríos que atravesaban Helheim, y el crujido de los glaciares que recorrían Élivágar. Entre los ríos de Helheim estaban el Leipter, ante el que se realizaban solemnes juramentos, y el Slid, cuyas aguas albergaban espadas.

El gran salón de la diosa Hel recibía el nombre de Elvidner, que significa “Miseria”. De él se decía que su plato era el Hambre, su cuchillo la Avaricia, su sirviente la Desidia, su criada la Pereza, su lecho la Aflicción, sus puertas la Ruina y sus cortinas la Discordia. J. C. Jones describe el salón de Hel como sigue:

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