Portada - Heracles lucha con las yeguas de Diomedes. (spinningwebbs.com)

Hércules y las yeguas de Diomedes: un héroe griego contra bestias devoradoras de hombres

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Probablemente sepa que el héroe griego Heracles (más conocido por su nombre romano de Hércules) tuvo que realizar doce arduos trabajos como reparación por haber dado muerte a su esposa e hijos en un ataque de furia inducido por los dioses. El octavo de estos trabajos implicaba enfrentarse a unas yeguas devoradoras de hombres que, al parecer, querían probar un bocado de… digamos todo el mundo.

Las terribles yeguas de Diomedes

Pseudo-Apolodoro da testimonio en su Biblioteca de que estas yeguas pertenecían al rey Diomedes, de la tribu de los bistones, “un pueblo tracio muy belicoso.” Tracia, una región que incluía el nordeste de lo que hoy es Grecia, sudeste de Bulgaria y la Turquía europea, era considerada por los antiguos griegos un lugar salvaje, nación de fieros bárbaros. El marcial Diomedes, rey de los bistones, no en vano era hijo del dios de la guerra Ares y Cirene, aunque es conocido principalmente por las yeguas devoradoras de hombres de las que era dueño.

A fin de atrapar a estas yeguas, Heracles y algunos de sus amigos decidieron navegar hasta Tracia. Cuenta Estrabón que cuando el héroe llegó a Tracia, Heracles no disponía de caballos suficientes para atravesar una llanura que se encontraba por debajo del nivel del mar, por lo que excavó un canal, inundó la llanura y derrotó así a sus enemigos. ¡Muy astuto! Para quedarse a solas con las yeguas, arrojó entonces a los mozos de cuadra encargados de cuidarlas al mar.

Hércules y las yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico de los doce trabajos de Hércules que se encuentra en Llíria (Valencia, España). (CC BY-SA 3.0)

Hércules y las yeguas de Diomedes. Detalle del mosaico de los doce trabajos de Hércules que se encuentra en Llíria (Valencia, España). (CC BY-SA 3.0 )

Según Diodoro Sículo, “los pesebres de estas yeguas eran de bronce, al ser los corceles tan salvajes, y estaban amarrados con gruesas cadenas de hierro a causa de su fuerza. La comida de la que se alimentaban no era el producto natural de la tierra, sino que desgarraban los miembros de los extranjeros y así obtenían su alimento de aquella malhadada multitud de hombres desventurados.” Los bistones atacaron a los invasores, por lo que Heracles puso a su compañero Abdero  —hijo del dios Hermes— a cargo de las yeguas. Mala decisión: las yeguas se liberaron y arrastraron a Abdero hasta matarlo o le devoraron, dependiendo de las versiones.

Conclusión del mito

Lo que pasó a continuación depende de la versión de la historia que leamos. Pseudo-Apolodoro afirma que Heracles dio muerte a Diomedes, provocando la desbandada de los bistones, y fundó una ciudad llamada Abdera cerca del lugar en el que su compañero (o posible amante) habría muerto. Diodoro, sin embargo, nos ofrece otra versión que es además la más popular: en ella, Heracles alimenta a las yeguas con la propia carne de Diomedes. ¡Justicia poética! Cuando las bestias acabaron de zamparse a su antiguo dueño, se convirtieron de nuevo en yeguas normales. El orden divino —que Diomedes había violado al enseñar a unos caballos a alimentarse de carne humana— había quedado restaurado.

Diomedes es devorado por sus yeguas - Gustave Moreau (1866). (Dominio público)

Diomedes es devorado por sus yeguas - Gustave Moreau (1866). ( Dominio público )

Heracles devolvió las yeguas, ya domesticadas, a su primo Euristeo, con quien estaba en deuda mientras realizaba sus trabajos. Diodoro cuenta que Euristeo consagró las yeguas a la diosa Hera, y que en la época de Alejandro Magno aún vivían caballos que descendían de ellas.

Pseudo-Apolodoro opina en cambio que Euristeo liberó a las yeguas y éstas galoparon hasta el monte Olimpo, donde otros animales salvajes las devoraron. En la obra teatral de Séneca el Joven Agamenón, el coro de mujeres griegas recuerda a los muchos grandes héroes de la ciudad de Argos, cuyo máximo exponente fue Heracles; sobre las yeguas de Diomedes bromean con ironía: “Cruel, ofrecía a sus salvajes corceles la sangre de los extranjeros – pero la sangre de su dueño fue lo último que manchó de rojo sus fauces.”

Imagen de portada: Heracles lucha con las yeguas de Diomedes. ( spinningwebbs.com)

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