Portada - Detalle del óleo “En el Templo de Vesta” (1902), obra del pintor alemán Constantin Hölscher (1861-1921). (Public Domain)

Vestales: las sacerdotisas vírgenes del Imperio romano

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Vesta era la diosa protectora del hogar y del estado de bienestar en Roma. Aunque conocida ya desde la antigua Grecia como hija de Rea y Cronos, es el Imperio romano el que le otorga el privilegio de convertirse en el fuego sagrado de Roma. Su efigie  es representada como una mujer que sostiene en una de sus manos un cuenco votivo mientras que en la otra alza una antorcha.

Cuenta la leyenda —y así lo explica la mitología griega —, que en los albores de la existencia de los dioses, Vesta fue cortejada por Apolo y Neptuno, pero rechazó a ambos, manteniéndose virgen y pura para toda la eternidad. Este sacrificio que la diosa otorgó a la humanidad la llevó a ser eternamente representada junto al Fuego Sagrado de Roma o Fuego de la Vida, que para los antiguos romanos suponía uno de los emblemas más importantes del imperio.

Los orígenes de la diosa, aunque se supone que se remontan hasta tiempos inmemoriales, están realmente constatados a través de escritos que datan de la época de los reyes romanos, mucho antes de la República y el Imperio, cuando Roma todavía mantenía como forma de gobierno la monarquía.

Panorámica aérea de las ruinas de la Casa de las Vestales en el foro romano, situada en el Monte Palatino. (Public Domain)

Panorámica aérea de las ruinas de la Casa de las Vestales en el foro romano, situada en el Monte Palatino. ( Public Domain )

Aunque contamos con una visión o representación de la diosa, quizá idealizada, como una bella mujer que cuidaba y protegía al gran imperio, lo cierto es que nunca se ha encontrado ninguna estatua que represente a una virgen Vestal como tal. La imagen que nos hemos formado de ella nos ha llegado a través del grabado de una moneda que se encontró en lo que fue el templo de la diosa en la antigua Roma. Pero aunque su efigie no haya llegado de forma nítida hasta nuestros días, esto no resta importancia al gran poder que alcanzó su culto en la ciudad de las siete colinas.

Al fuego, ya fuera de forma simbólica o de manera física, siempre se la ha otorgado un lugar de gran relevancia y privilegio entre las necesidades de los distintos pueblos y civilizaciones a lo largo de la historia. Es en Roma donde se convertiría, además, en verdadera condición sine qua non para su existencia y desarrollo. Por ello, no sólo se hizo necesaria la construcción de un templo dedicado a la diosa, sino que además éste debía contar con las sacerdotisas más dedicadas, entregadas y serviciales que el imperio romano pudiese ofrecer.

Para entender tal adoración al fuego, mantenida desde la antigüedad, hay que tener en cuenta que para los pueblos más primitivos, el encendido y conservación del fuego ya era una labor que conllevaba cierta dificultad y laboriosidad. Por eso se solía disponer de un fuego común en el poblado ( fucus publicus ) y otro dentro del núcleo familiar, de forma que si el fuego se apagaba en el hogar siempre hubiera otro disponible con el que poder encenderlo de nuevo. Tradicionalmente, el fuego comunitario era atendido y custodiado por jóvenes mujeres que todavía no se habían casado, y por tanto no tenían hijos, ni tareas domésticas que atender.

El fuego siempre ha ocupado un lugar trascendental en el desarrollo de numerosas culturas y civilizaciones a lo largo de la historia. (Einar Helland Berger/CC BY-SA 2.5)

El fuego siempre ha ocupado un lugar trascendental en el desarrollo de numerosas culturas y civilizaciones a lo largo de la historia. (Einar Helland Berger/ CC BY-SA 2.5 )

En caso de que el fuego se extinguiera, presagiaba un gran infortunio para toda la comunidad, que auguraba funestas consecuencias. Esa sensación de desamparo que suponía perder el fuego se trasladó años después a los cultos llevados a cabo por las diferentes civilizaciones. Por tanto, el sagrado fuego de Roma debía mantenerse siempre vivo y las vestales, solo seis de ellas, serían las elegidas. El emperador se dirigía a la elegida entre todas las que aspiraban a servir a la diosa con las palabras “Te tomo a ti, amada”.

Vida de una vestal

Las vestales eran seleccionadas entre las mejores familias patricias de Roma, las más distinguidas, las más ricas, las más poderosas. Las niñas, que tenían entre seis y diez años, debían ser perfectas, no sufrir ningún defecto físico y contar con una natural belleza. Las pequeñas eran separadas de sus familias para ingresar en el templo y dedicar sus vidas, exclusivamente, al servicio de la diosa virgen durante, al menos, los siguientes treinta años.

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